ESTUDIO DE UN CASO; "FICITICIA CORREDURIA DE SEGUROS"
“Ficticia Correduría de Seguros” lleva más de 17 años funcionando desde que se constituyó como una pequeña empresa familiar. En todo este tiempo su actividad se desarrolló en unas pequeñas y ya obsoletas oficinas de una céntrica aunque no muy estratégica para los negocios calle viguesa. Al cabo de estos 17 años la empresa está formada por 7 personas contando a sus dos socios iniciales.
Finalizada esta etapa la empresa necesita expandirse, las instalaciones se quedan pequeñas, el edificio es viejo, el rótulo que da a la calle es el típico de metacrilato de los años 70 (tipo taller de coches familiar), y con todo el volumen de negocio que mantiene la empresa en la actualidad no se puede seguir en ese lugar. Se adquiere toda una planta de un edificio de reciente construcción, un edificio de última tecnología dedicado todo el a oficinas, con unas características arquitectónicas propias de los edificios corporativos más modernos. Una enorme inversión. Este cambio es tan radical que supone una nueva manera de percibir la correduría. “Ficticia Correduría de Seguros” ya no proyecta aquella imagen de pequeña empresa familiar al borde del subdesarrollo sino todo lo contrario, una corporación que avanza, que va por delante, que se ha consolidado por encima de sus competidores. Este traslado va acompañado de una pequeña ampliación de plantilla de tres personas más, con perspectivas de ir creciendo a medio plazo.
La estrategia es ambiciosa, no se trata de un pequeño paso, sino de un gran salto. Nuevas maneras de hacer negocio, nuevos proyectos, acuerdos con las más importantes compañías del sector y una gran energía por reemprender la marcha.
Las nuevas oficinas que cuentan con una dos salas de juntas, tres despachos, y el resto de las instalaciones donde desarrolla su trabajo la mayor parte del personal, están equipadas con el más moderno mobiliario de oficina, todo cuidado hasta el más mínimo detalle por algún equipo de interioristas de buena reputación.
Su equipo de ordenadores, ya más que sobrado para tareas administrativas y de contabilidad que ya era renovado cada dos años, es sustituido por lo último en tecnología informática. Cuenta con un servidor que ya le gustaría a muchas agencias del país. ¡Una empresa que no escatima en recursos!
Para la inauguración y presentación de sus nuevas instalaciones “Ficticia Correduría de Seguros” decide organizar un gran evento, alquilando unas salas en un conocido hotel de nuestra ciudad que completarán la visita a las instalaciones. Se piensa invitar a la creme de la creme de la sociedad gallega, su director está muy bien relacionado, digamos que es un excelente relaciones públicas, y se intentará que asistan algunos políticos, algún que otro conocido futbolista etc.
El director de nuestra correduría, se da cuenta que necesita algún material corporativo, como papelería, carpetas, folletos promocionales y unas invitaciones, y viendo como cuida estos aspectos un colega suyo de profesión decide buscar alguien que le pueda resolver este tema.
Para empezar no llama a una empresa o a un profesional dado de alta (aunque si es profesional del diseño) si no que recurre a un amigo de un sobrino suyo, cosa bastante habitual en estos casos.
Las primeras visitas que realiza nuestro diseñador son a las antiguas instalaciones ya que las nuevas todavía están en obras. El logotipo del antiguo rótulo le hace ver que le espera una tarea dura, ya sospechando como será el cliente.
En estas primeras visitas se estudian distintas estrategias, se le plantean ideas, se recoge material para trabajar, y entre todas estas tareas se le plantea hacer una cambio en la imagen corporativa, cosa que es rechazada por su director ya que le tiene mucho cariño a su logotipo, de cosecha propia por cierto. Ante la negativa se le plantea un rediseño, unas pequeñas modificaciones formales, ya que la composición del mismo ya la tipografía eran muy malos y accede aunque con la condición de no variar demasiado el original.
En la primera visita, a las nuevas instalaciones nuestro designer recibe su primer impacto, aunque ya prevenido por el sobrino del director. El maravilloso e impresionante edificio en el que se encuentra “Ficticia Correduría de Seguros” es flanqueado por aquel… podríamos llamarle logotipo, que si no fuera por la buena realización de los rotulistas y por el ensalce que le proporciona el propio edificio, podríamos confundir con el de cualquier ferretería de los años 80. Nuestro hombre (nuestro héroe podemos empezar a llamarle) entra en un moderno y exclusivo ascensor que le desembarca directamente en las oficinas.
Allí presenta sus distintas propuestas de rediseño de logo, papelería corporativa, carpetas de promoción, folletos e invitaciones. Se discute y se le da vueltas a las distintas propuestas y el director de “ficiticia correduría de seguros” se le ocurre la brillante idea, sacada de una competencia francesa del sector de los seguros de poner en las invitaciones un pintura naturalista del edificio y la calle en la que está situado. Se le plantea que eso saldrá caro ya que una pintura así puede llevar por lo menos una semana de trabajo. Nuestro héroe propone a un amigo pintor, muy cualificado que ya ha ganado algunos premios nacionales de pintura. Al cliente se le ocurre la brillante idea de que puede hacer la ilustración gratis a cambio de ser promocionado como artista dados sus importantes contactos. A nuestro diseñador no le parece ético y decide resolverlo por su cuenta; dado que es un buen técnico del photoshop y gracias a sus estudios de arte decide por amor al arte acometer la tarea de realizar la ilustración digitalmente, cosa que le lleva más de una semana de trabajo (algo que no cobrará ya que lo hace más como un reto personal y con el objetivo de complacer al cliente).
Ha pasado ya un mes, entre visitas, trabajo creativo y de diseño, la ilustración y un largo camino de obstáculos puestos por el cliente ya van contabilizadas por lo menos un total de 150 horas, y digamos que el presupuesto es de amigo, por llamarlo de alguna manera. La experiencia pasa por múltiples regateos, tanto de presupuestos, de medios a emplear como en la propia creatividad utilizada. El cliente impone sus propios diseños, sus propias ideas y no se deja aconsejar. La palabra bonito o no bonito surje por doquier. La sensación de nuestro héroe de no pertencer a una profesión cualificada y ser un mero realizador digital de las ideas del cliente es constante y frustrante. Ya no digamos la frustración del presupuesto ridículo para todas las horas empleadas en el trabajo.
Pasa una semana más se hacen los últimos retoques, se ha llegado ya a un acuerdo sobre los diseños, papeles a utilizar, tintas y demás; pero los dos últimos días las cinco líneas de texto que componen las invitaciones de la inauguración pasan por mas de diez cambios, ya que nuestro cliente no tiene a estas alturas las ideas nada claras, además de un gran miedo a gastar un dinero que bien le vendría para otras cuestiones como comprar algún cuadro para la recepción de las oficinas o añadir algunas alfombras más o quizás un florero para la mesa de la secretaria o por que no algunos módulos más de memoria RAM para sus flamantes ordenadores.
Una vez decidido, aunque no muy seguro de efectuar ese gasto, al fin se manda todo a imprenta.
Días después nuestro diseñador asiste con horror a lo más inesperado de todo. El papel de las carpetas ningún parecido tiene con el acordado, las cartas han sido modificadas en el diseño, los colores corporativos han cambiado a capricho en las invitaciones, y los textos de las mismas a penas se ven por que al guien se le ha ocurrido la magnifica idea a última hora de poner los textos en una fina tipografía caligráfica en gris sobre rojo, sin ningún contraste (antes eran blanco sobre rojo corporativo con una perfecta legibilidad).
En fin, el grado de desesperación de nuestro mártir es enorme, resignación es ya a estas alturas la palabra exacta.
Para colmo… Increíble pero cierto, el dinero ingresado en la cuenta de nuestro diseñador ha sufrido un pequeño descuento del 20 por ciento, gran alarde de regateo de un profesional de los seguros.
Con este relato, totalmente verídico quiero hacer hincapié sobre todo en que la imagen corporativa es la última prioridad de la mayoría de los empresarios de pequeñas y medianas empresas. Estamos hablando de un cliente que no escatima en medios, que se compra toda una planta de uno de los más modernos edificios de su ciudad, que no repara gastos en acondicionar sus oficinas, actualizar unos equipos informáticos ya más que actualizados por puro capricho hacia la tecnología, que organiza una inauguración que le cuesta más que 10 presupuestos de un completo manual corporativo, y que sin embargo y tristemente, a última hora decide buscar a alguien que por cuatro duros y si puede ser gratis le resuelva la imagen corporativa de su empresa, sin ni siquiera respetar los conocimientos de un profesional y aún por encima que ha pensado en ello por envidia hacia un colega suyo que si se toma esto más en serio.
autor: Alvaro Fernandez